Un sol me encandilaba suavemente. No muy lejos, Kirchner y Magnetto reían ruidosamente mientras paseaban por los lagos de Palermo en un bote a pedal. Un poco más allá, Messi se cansaba de hacer goles con la camiseta de la Selección. Yo caminaba lentamente hacia una puerta abierta, la puerta del vestuario de Las Leonas en pleno festejo… De repente, luz, una voz femenina que no concuerda con el ambiente de la escena casi celestial. “Llamen al médico”, “llamalo”, “pedí una camilla”. Abro los ojos. La joven radióloga está alterada. No entiendo por qué, simplemente me estoy despertando de un profundo sueño que no termino de entender. Largos segundos pasan hasta que contextualizo la escena. Estoy en bóxer y medias. Tengo una bata hospitalaria celeste puesta al revés. Estoy en el piso. Estoy en un salón repleto de máquinas. ¿Estoy en una estación de la Dharma Iniciative?
Entre cinco, me suben a una camilla y me levantan los pies. “Llevalo a la guardia”, ordena el que mi olfato periodístico me dicta es el jefe del departamento de rayos. De a poco voy recordando lo que pasó mientras me invade el frío en los pasillos, siempre a bordo de la camilla. Al llegar a la guardia, y en medio de un interrogatorio, un enfermero me realiza la pregunta que definirá mi futuro: “¿qué obra social o prepaga tenés?” Busco en la bolsa plástica en donde quedaron mis pertenencias al momento de preparme para la radiografía que no fue. El médico pasa a asuntos más importantes: “¿Consumiste algún tipo de drogas?” pregunta sin rodeos. “No”, contesto yo. “¿Aspiraste cocaína?”, vuelve a preguntar. “No”, respondo un poco desconcertado por la nueva inquisición. “¿Fumaste marihuana?”, insiste, tozudo, el doctor de guardia. Empiezo a pensar que me quedé sin voz, e intento con todas mis fuerzas decir: “¡no!”. “Vamos a hacerle un análisis de orina por las dudas”, concluye el desconfiado profesional.
Me toman la presión. Me sacan sangre. Me colocan una pulsera con mi nombre, absolutamente mal escrito. Soy el paciente 70.20.11. Me realizan un electrocardiograma. Empiezo a pensar que en mi desmayo hubo algo más de lo que yo viví. Ante los resultados “normales”, la tensión en la sala disminuye. Durante los siguientes 45 minutos experimento la ingratitud de las guardias con cortinas entre camas, en lugar de habitaciones. Primero porque escucho conversaciones del estilo de Dr. House, en donde médicos, enfermeras, residentes y auxiliares discuten probables diagnósticos. Hablan de mí como si no supieran que los estoy escuchando. Me entero de que estuve inconsciente lo suficiente como para que estén preocupados. Me desmayé mientras estaba parado sobre una plataforma, y mi caída al suelo se amortiguó con un golpe en la nuca con el borde de una mesa. Pero lo más desagradable se produce cuando la paciente de la cama de al lado, una anciana que pasó los ochenta, se dispone a usar la chata. El olor se vuelve más insoportable que las movidas publicitarias de Macri en cuestión de segundos. No sé si lagrimeo por el susto de mi situación o simplemente porque se me derriten los pelitos de la nariz. El desodorante de ambientes con aroma de manzana no puede hacer frente a semejante oleada mortal. Me despabilo completamente.
Al rato, aparece otro médico a examinarme seguido por cuatro jóvenes curiosos. “Son mis residentes”, me explica. Oficialmente salté de House a Grey´s Anatomy. Conforme con mis respuestas a los tests de rutina, me anuncia que me harán más análisis. Nos interrumpe el médico de guardia, quien me advierte: “tenés cinco para hacer pis en este tarrito, o te meto una sonda”. Oficialmente es mi enemigo. Consigo entregar la muestra, y mi némesis me explica en tono sobrador: “es para asegurarnos de que no consumiste ninguna sustancia prohibida”. “Después analizo tu orina”, le respondo, intentando mantener la educación, al tiempo que agrego: “espero que el resultado me lo vengas a decir vos, no mandes a nadie”. Sonríe sin contestar.
Varias horas después me explican que la persona que me descubrió en el piso declaró que parecía estar convulsionando, y por eso la tomografía y los demás estudios de urgencia. Finalmente no era nada. Simplemente lipotimia causada por un ayuno total de doce horas, una noche con apenas dos horas de sueño (por motivos que no vienen al caso) y una inyección sorpresiva para realizar el estudio que tenía programado. Frustrado por la mala pasada de mi pánico a las agujas, necesito un triunfo. Mi revancha llega cuando me van a dar el alta. El médico está bastante menos charlatán que durante mi estancia en su territorio. Algo le molesta. Finalmente, me saluda y me recomienda que haga deporte. Me da la mano. Es mi oportunidad. Le pregunto: “¿llegó el resultado de la orina?”. No le suelto la mano, por lo que se ve obligado a contestar: “llegó, está todo normal, limpio”. Sonrío por primera vez en el día desde que supe que mi fiesta con las leonas sólo iba a suceder en mi mente.
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que buena cronica, hasta parece real…