Los argentinos están acostumbrados a tomarse (literalmente) los sábados por la noche como si éstos fuesen el único momento de diversión y “escape” de la rutina cotidiana. Muchos planean cenas en restaurantes, otros comienzan bien temprano “la previa”, con amigos y amigas. Pocos van al teatro, aunque no pasa lo mismo en el cine. Las salas del Village y su “sueño americano”, siempre colmadas de consumidores, en el Atlas algo concurridas y en el INCAA, sin venta anticipada y con disponibilidad de localidades.
De mas está en aclarar que FROYD sólo consigue pases con descuento para el Cine Gaumont, no porque sea un crítico y amante del cine nacional, sino porque no logra conseguir “canjes” con los demás complejos de multicines. No obstante, desde la redacción del Portal, ya no se añora los sábados de super-acción. Por el contrario, el ojo froydiano apunta a los trabajos audiovisuales nacionales, aquellos que intentan abordar las problemáticas en las cuales está inmersa gran parte de la sociedad. A veces llegan a destino con éxito, otras veces se quedan en el camino.
Por un lado, el secreto de sus ojos fue una película galardonada por el tratamiento cuidadoso, adecuado, puntilloso de la realidad histórica que vivieron los argentinos. El Oscar, el reconocimiento a su director, a los artistas, a los extras del estadio de Huracán.
Por el otro, aparece Paco, una película de Diego Rafecas. Cabe aclarar que los primeros 45 minutos de material fílmico fueron tan brillantes como los de Boca contra Chacarita. Jóvenes destruidos por su adicción al paco, narcotraficantes y sus negocios, políticos ocultando la realidad. Imágenes y secuencias acompañadas por una musicalización extraordinaria, violenta, agresiva, que genera en el espectador una sensación de culpa e impotencia ante aquellos pobres que sufren la vivencia cotidiana de ser marginados.
El camino a Roma parecía un hecho. Sin embargo, comenzó el segundo tiempo y aparecieron los errores. Los protagonistas, jóvenes, adictos, de diferentes clases sociales, comienzan un tratamiento para curarse de la adicción. Si bien Norma Aleandro y Luis Luque, ambos encargados del instituto de rehabilitación, cumplen con su papel a la perfección, aparecen en la trama soluciones “mágicas” (como ocurre con Sofía Castiglione) o apreciaciones religiosas a través de la imagen de un cura, quién profeta al grupo de adictos: “la religión es el camino, el amor y la pasión por Dios es inexplicable”.

A su vez, otra joven que era obligada a prostituirse en su anterior vida, encuentra el amor en manos de un colaborador en la casa. Mientras tanto a su compañera de terapia, le descubren que tiene SIDA. Nada más ni nada menos. Pero fue solo eso, una palabra y un futuro apoyo de la institución. Finalmente, el hijo de una Senadora (Tomás Fonzi, de excelente actuación), decide limpiar su culpa por haber cometido un acto terrorista en venganza (¡se fué a Johannesburgo a comprar un bomba!), y tiene la “necesidad” de ingresar a la cárcel para cumplir su condena como todo “buen ciudadano”. Su madre no se opone: es una política de “ley”.
A pesar de estos detalles, la película merece una buena concurrencia de público. En Paco se muestra claramente los efectos que produce esta droga asesina, y como detrás de ella aparecen narcotraficantes, policías y políticos que hacen su negocio, sin importar la vida de los jóvenes. Es probable que no haya una solución fácil ni inmediata. Aunque seguramente, ésta no se encuentra ni en las actuales cárceles, ni en la reducción de la edad de imputabilidad de los menores.
Por último, para reflexionar: ¿Por qué el Village vende pochochos y reproduce films que exigen la utilización de lentes de colores? Si bien la realidad existe a través de representaciones, la realidad virtual es más oscura que los libros de Jorge Bucay.
Hasta el próximo estreno.