En nuestro país, “desaparecer” sigue representando una época nefasta que nadie puede negar. Sin obviarlo, intento pensar en el concepto en sí.
Disponer del poder de un Estado para la violencia física, no es igualable a la violencia en sí. En principio, porque entendemos y defendemos a él como el garante de nuestros derechos. Desaparecer significaba borrar de la existencia, tanto un cuerpo, como sus registros materiales. Y en muchas casos, la desaparición consistía en una nueva aparición bajo otra identidad. Los nietos recuperados nos han develado esa verdad.
La identidad es algo que se construye, pero no se posee. Porque no solo consiste en uno, sino en su entorno. No se dice, ni se tiene. Sólo se va moldeando, pero es inconclusa y nunca acaba. Entonces nos preguntamos si es posible cambiar de identidad. Si es conceptualmente viable la idea de “cambiar de identidad”.
Los tiempos no son los mismos, y hoy la tecnología rige mucha de nuestra rutina. Vivimos en el descarte, el uso rápido y el desecho y nada parece importar. O en realidad, lo que pasa, resulta cada vez más difícil de discernir su nivel de importancia.
Venía pensando en la idea de la desaparición física a causa de lo que para los medios de hoy es el tema del mes (Lucas Rebolino), aunque en breve todo habrá pasado. 34 días sin ser encontrado. Nadie lo buscaba, nadie lo reclamaba, entonces: “no importa, podemos ser más burocráticos“. Salen los medios, aparecen las figuras públicas, alguien lo reclama y entonces aparece. La tecnología está sirviendo para encontrar personas, sin importar si quieren o no ser encontradas. Las redes sociales se llevan la mayor parte.
Muchos llevan más de 30 años desaparecidos. Y no se buscan con la misma voracidad que se hizo con Lucas. Cada nieto recuperado se transforma en un milagro, porque milagrosa es su búsqueda. Algunos dificilmente aparezcan porque sus cuerpos fueron aniquilados. Otros están ahí, sin saber su verdadera identidad. Una identidad construída y sin embargo falsa.
Cuando ocurrió, o mientras sigue ocurriendo lo de Chile, muchas redes sociales se pusieron en solidaridad para brindar información, saber paraderos, buscar desaparecidos. Había una fuerte intención y los resultados fueron positivos. Entonces me pregunté: “¿cuán difícil es desaparecer?”. ¿Por qué para unos casos la aparición lleva menos tiempo que para otros? Y entonces me encontré con una experiencia editorial acerca de lo que pensaba: Evan Ratliff, el hombre que quiso empezar una nueva vida.
Sigo sin definir bien lo que quiero pensar, pero la nota sería muy extensa. Prefiero escucharlos. Mientras, en la tele, “Los NN” pasó a ser la nueva novela de Pol-ka. Llevamos años con gente desaparecida. Y también, hay cientos de desaparecidos por día. ¿Cómo buscamos? ¿A quiénes buscamos? ¿Y si no quiero que me busquen? Los medios están mostrando su peor cara: la hipocresía.
Estoy con vos. ¿A dónde está Luciano Aruga? La bonaerense “lo hizo desaparecer” hace mas de un año. Saludos!!
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Compañeros:
Los invito a participar del primer y único blog de humor oficialista
Un adelanto:
Lilita tiene menos ideología que una puerta corrediza
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