Viernes por la mañana, Bransen 805, despacho del presidente de Boca Juniors. En un contexto de crisis institucional y deportiva, el técnico de los Xeneizes irrumpe en la oficina al grito de:
Carlos Ischia: “Yo no renuncio un carajo.”
C. Bianchi: “Para mí es una buena decisión ¿Comemos algo?”
Jorge A. Ameal: “Pero pará Carlos, la situación no da para más.”
C.I: “Yo soy un hombre de palabra y el contrato tiene mi firma, así que yo lo respeto hasta las últimas consecuencias”.
C.B: “Yo también lo respetaría.”
A.A: “Seamos racionales, el domingo te van a putear otra vez, aún faltan varios partidos. Evitemos el bochorno, viejo.”
C.B: “Ya es tarde para eso je, je”.
C.I: “Mirá Jorge, yo estoy con ganas de seguir, me siento fuerte. Si en junio hacés una limpieza…”
A.A: “Si sabés que no puedo. Con uno convoco a los turistas por ese tema del record y, con el otro, vendo camisetas y me renuevan los abonos de los palcos.”
C.I: “Bueno, echame entonces. Tengo ganas de viajar por Europa.”
A.A: “¡Ni loco! ¿De dónde saco los 500 mil?”
C.B: “Podés vender a Krupoviesa y a siete jugadores de la quinta.”
A.A: “¡Ni loco! Krupo me está jugando por el 20 %… Y si despido a Carlos… ¿Vos asumís Carlitos?
C.B: “No, No, según figura en el contrato, Carlos Bianchi tiene trabajo como manager hasta diciembre.”
A.A: “Si hay algo que Boca tiene que hacer, Carlitos, dímelo y lo hará.”
C.B: “Esto ya lo hablamos varias veces.”
A.A: “Pero quiero que la gente de Boca sepa qué es lo que quiere Bianchi y yo se lo daré.”
C.B: “¿Otra vez con esto? Chau, buenos días.”
A.A: “Pará Carlos, no es así.”
C.I: “Entonces ¿Vengo el lunes al entrenamiento?”
“Bianchi, traidor, saludos a Vandor”