Homer In Vaires: 4º encuentro – "Cholulismo"

GarbarinoMi trabajo se volvió más pesado desde que perdí mi bicicleta, por la cual, gracias a los beneficiosos planes de Garcharino, todavía tengo que pagar algo así como 57 cuotas. Por suerte, el estar en un rubro tan importante como el delivery de comida me permite conocer gente de todo tipo, y lo que quiero compartir con los lectores de FROYD es mi encuentro con un “famoso”. En realidad debo reconocer que no tenía la menor idea de quien había encargado una grande de palmitos, hasta que llegué a la dirección que me indicaron. El viaje se hizo largo en la bici prestada. De repente me encontré observando un balcón donde una silueta cantaba dulcemente: “Quiero darte… muchas gracias amigo, por la pizza haberme traído, esperame que ahora abro oh, oh”. Si bien parecía compenetrado con la interpretación, sus pómulos redondos y rígidos me hicieron desconfiar un poco de su bondad. De todas formas, no podía irme sin cumplir mi deber, así que cuando la puerta hizo ruido la empujé y fui a mi encuentro con el cliente.

El pasillo del edificio y la escalera que me llevó hasta el primer piso estaban llenos de carteles rosados y violetas, que tenían fotos y decían cosas como: “aguantá Sergio” y “no te mueras nunca”. Cuando se abrió la puerta me impactó ver al hombre que cantaba en el balcón con una bata plateada brillosa, que lejos de recibir el paquete se puso a bailar lentamente mientras aullaba: “Quiero amarte, y estar un poco loco, quiero entregarte mucho de a poco, por todo lo que esperaaaaaste.” En ese momento no entendí si se refería a que me iba a dar una buena propina o si me estaba invitando a pasar. Por las dudas no me moví, simplemente dejé todo en un recibidor y le mostré el tiquet a lo lejos.

Mi falta de entusiasmo no pareció afectarle, y mientras la música de fondo seguía sonando, el “show privado” continuó: “Quiero darte mis sueños, mi libertad, mi vida y desnudarte el alma, querido y no dejar de abrazaaaarte”. En ese momento, y mientras estaba a punto de golpear a tan extraño sujeto, vi una silla de ruedas y todo tuvo sentido. El dueño de la dorada cabellera que simulaba estar en el Luna Park era ese que volvió de la muerte, que volvió de Paraguay. Lo reconocí de verlo llorar con la misma sonrisa rígida en el almuerzo de Mirtha. Finalmente me relajé, estaba ante una estrella, ¡por fin obtendría una buena propina que me haga olvidar las caminatas en medio del frío polar!

SergioLo impensado sucedió: en un instante cruzamos la mirada, y sin cambiar un milímetro la expresión de su cara, mi nuevo ídolo se desvaneció. Lo más rápido que pude lo levanté y lo senté en la silla de ruedas, intenté reanimarlo pero nada, y cuando iba a llamar a un vecino, se levantó sin problemas y me dijo tranquilamente: “mi verdadera vocación siempre fue la actuación”.

La risa de este señor me retumbaba en la cabeza mientras volvía, bajo una tenue llovizna, hacia la pizzería. “Los famosos argentinos están todos locos” pensé, y me reí de mi propia ocurrencia: “tendrían que encerrarlos a todos en una casa y poner cámaras así nos reímos de ellos”. Pero una vez más, queridos amigos, la gran manzana me volvió a dar una lección de vida. Mi sonrisa de desdibujó por completo cuando me di cuenta de todo: con tanta canción y alboroto, ¡le dejé la pizza gratis y ni siquiera me dio propina!

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Acerca de Froyd

Es el jefe. Cuando le hablan de política, utiliza su cintura y esquiva el compromiso afirmando “se lo dejo a los que saben”. Y cuando le repreguntan qué opina de F. de Narváez, mete una gambeta etílica a lo Ortega y dice: “lo dejo a tu criterio”.
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