Como se sabe, las modas van variando a lo largo del tiempo. En la segunda mitad del siglo XX el furor fue la amenaza colorada. Luego, el terror pasó a manos de musulmanes flacos y barbudos, pero episodios como el del 16 de abril en la universidad Virgina Tech, hacen aventurar que el amarillo se empieza a imponer a nivel mundial.
Es que la masacre que provocó treinta y tres muertos se trata de lo que la prensa masiva ha catalogado como la mayor tragedia que un hombre armado ha protagonizado en los Estados Unidos. Dos temas se desprenden de esta idea. Primero, se nota la increíble necesidad periodística de titular cada nuevo episodio como el peor, aún cuando haya que aclarar que es el peor “protagonizado por un hombre armado”, o sea que atentados con bombas, aviones u organizados por dos o más personas irían en otra categoría. Pero más allá de eso, una vez más se pone en duda el origen genético del gran George W. (¿hombre o pájaro?).
El destino final del sur coreano fanático del Counter Strike luego de terminar con la vida de los jóvenes tuvo menos suspenso que una “gala de nominaciones” a cargo de Rial. La policía lo “encontró” sin vida, y una minuciosa investigación concluyó que la causa de la muerte fue el suicidio, provocado por alguna de las 20 balas que ingresaron por su espalda. Pero claro, a esta crónica le falta el elemento hollywoodense: Teniendo en cuenta que siempre hay alguien dispuesto a intentar entender las causas sociales que llevan a alguien a cometer este tipo de hechos, aún cuando sea amarillo y con los ojos como Chilavert ahora que está cada vez más gordo, nuestro amigo asiático nos dejó como legado una colección de muestras de su locura de todo tipo. Fotos, grabaciones y videos lo muestran con armas y amenazando a quién sabe quien, como para que no queden dudas de que era malo (“muy maaalo” diría Nelson desde el cielo). Probablemente también haya sido lector de Mao Tse Sung y, aunque todavía no ha trascendido, se espera el anuncio de Condolezza acerca de las implicaciones de Al Qaeda en este asunto.
Otro punto de análisis que FROYD brillantemente expone, es trasladarle al lector una simple idea para desarrollar en el almuerzo familiar del domingo (¿para cuándo el regreso de los Benvenutto?). La sociedad yanki nos provee de casos como este cada tanto, en los que se muestra a las claras que hasta los locos quieren tener sus 30 segundos de fama antes de ser “suicidados”. Está claro que el tema de ser famoso por el motivo que sea no es algo nuevo, pero este tipo de fama es un poco más extrema que la del gordo que se puede comer 50 hot dogs en diez minutos.
En fin, desde la redacción de FROYD no se condenará a los video juegos como lo hará Chiche en Canal 9 por los próximos veinte días, pero sí se tomaran medidas de seguridad tales como no comprar en ningún supermercado chino ni visitar ninguna universidad, aunque los redactores de mueran de ganas de conocer una.