El trabajo de oficina es de por sí rutinario y monótono, con lo cual las personas con las que uno trabaja pueden marcar la diferencia entre: “tuve un día pesado de laburo” y “mañana voy con el 38 y los mato uno por uno”. Tranquilo, aún si usted convive con un parásito lameculo del jefe, fanático de Tinelli y más chusma que “la abuela de Gasalla”, tiene que hacer de su lugar de trabajo un espacio habitable sin ponerle cianuro en el café a este Fernandito De la Rúa cualquiera.
¿Cómo lograrlo? En primer lugar, diferénciese de este espécimen, tanto en el seno de su oficina (no querrá ser asociado por sus compañeros con este Jacobo Winogram en potencia), como con sus clientes. Más allá de eso, resígnese. Si el gordo sudoroso con sonrisa de garca y predisposición al trabajo nula que está al lado suyo no labura, de nada le servirá atormentar a su pareja y amigos con historias de cuánto le molesta esta situación, ya que seguramente el mutante tiene muchos años de antigüedad (piense que si está hace 15 años en ese lugar por algo será), o conoce al gerente del lugar, o es el sobrino de un cliente importante. En fin, no hay mucho que usted pueda hacer.
Quizás lo más sano sea instalar en su hogar una especie de bolsa de boxeo con la cara de este eslabón perdido de la evolución y descargarse diariamente ante ella para ser inmune a los chistes malos, las llegadas tarde y (un fenómeno que confirma que Dios no existe o es un sádico), los aires de soberbia y suficiencia. Otra opción que está más de moda es iniciar un blog al respecto, si usted es amigo de la tecnología podrá publicar en el mundo virtual sus penas y, de una manera creativa, hará catarsis sin tener que pagar 50 pesos por sesión psicoanalítica.
Para concluir, el consejo es claro: si no puede evitar tener contacto con este ejemplar irritante, considérese un documentalista de Discovery Channel, pero ojo, no baje la guardia o terminará como el caza cocodrilos australiano.